LA BIBLIOTECA II

Segundo capítulo de la Aventura de Machuca y su Carpincho. Esta vez sumando algo de cine de terror a su colección.

Unos pocos kilómetros antes de llegar a San Ramón de la Nueva Orán, en Salta, Machuca vio parpadear un letrero rojo. La primera señal de actividad eléctrica que veía desde hacía más de veinte horas. Aquel cartel comprobó al ir avanzando por la ruta, pertenecía a una estación de servicio. Una de las grandes, donde podés encontrar desde libros hasta pelotas de fútbol del mundial 90. Parada habitual de micros de larga distancia y camioneros inabarcables.

 

El olor a nafta cruda y el constante traqueteo de un generador eléctrico los recibieron al desembarcar en ese terreno desconocido. El muchacho se apresuró a llenar el tanque de su vehículo. Mientras lo hacía controlaba el horizonte desconfiando de la buena suerte. Su flamante realidad se expandía por la mente del muchacho con cada peripecia del camino, transformándolo en alguien nuevo. Primero germinó la desconfianza, punto clave para seguir vivo. Su compañero daba vueltas por el lugar sin preocupaciones aparentes. “Tengo que ponerle un nombre”, pensó.

 

Solo después de haber tenido tres bidones repletos de combustible y cargados en el baúl del auto, se permitieron entrar. Aquel espacio híbrido, con cabeza de librería, vientre de sanguchería, patas de quiosco y cola de almacén saturado de luz blanca, recibió miles de viajeros urgidos por estirar las piernas y gastar plata en cosas insatisfactorias. 

 

Machuca, agarraba galletitas, chocolates y papas fritas. Todo iba a la mochila que colgaba de su hombro. Enfrascado en esta tarea de abastecerse cuando desprevenido, pisó un charco de café que se escurría por debajo de una de las góndolas. Volaron por el aire un paquete de pepas, algunos chocolates y el muchacho. El costalazo que se dio contra el piso, sonó seco, profundo. Perdió casi todo el aire de los pulmones en un segundo. Su cabeza un poco aturdida vio a lo lejos al carpincho destrozando la sección de comida fresca. Había tirado al piso algunos cartones de jugo, bolsas de pan y un par de esos sánguches triangulares que son una triste sombra de los verdaderos sanguches de miga. Quizás fue la perspectiva o el golpe en la cabeza, pero por un momento vio en su carpincho la figura de un gigantesco monstruo destrozando una ciudad, como salido de una película de los años cincuenta. Esto no carecía de sentido o, al menos, de algún sentido. Después de todo, los carpinchos son los roedores más grandes del planeta. Para un ratón, su compañero sería una especie de Godzilla.

 

Fue hasta el mostrador frotándose la cabeza tratando de disipar el dolor del golpe. Junto a la caja registradora y la estantería de golosinas, un exhibidor con películas llamó su atención. En Yavi, en su casa, era el orgulloso dueño de una ecléctica colección de treintaicuatro DVDs. Ahora el destino le ofrecía, tal vez para compensar eso del fin del mundo, una excelente selección de películas de terror. Uno de sus géneros preferidos ¡Sí! Su biblioteca se enriquecería con algunas de aquellas historias: Aterrados, El exorcista, Mártires y la segunda de El Conjuro.

 

Un “No” lastimero y distorsionado se arrastró desde el área solo para empleados. Agarró a Machuca por los tobillos y subió con siete patas filosas por las piernas y la espalda hasta hacerlo sacudir los hombros. Antes de girar la cabeza buscando el origen de aquella voz, reparó en la mancha de café y en un par de vasos de papel tirados junto a ella. 

 

—Hola, hola, ¿Está bien? Los ojos jujeños, almendrados, se asomaban a lo desconocido. Afuera el sol de medio día se desplomaba en caída libre sobre las cosas. El calor parecía detener el tiempo. Pero pasando aquellas puertas naranjas, más allá de unas cortinas de hule transparente cortadas en anchos flecos superpuestos, el panorama era muy diferente. Penumbras y aire fresco. Cajas y bultos combinados como un mal juego de Tétris. Y en un rincón, un hombre encerrado en una espontánea celda formada por una estantería caída. La prisión circunstancial se completaba con el peso de una veintena de bidones de 20 litros de jugo de naranja. Semejante peso convertía cualquier intento de escape en una tarea imposible. Los ojos del prisionero goteaban terror y desesperación. Hasta hace unos momentos bien podría haber estado esperando morir de hambre y sed. Pero ahora tenía una oportunidad. Solo la desconfianza lo separaba de su libertad. No se dijeron los nombres. 

 

—¿Está bien? Preguntó el muchacho. De alguna manera aquello que transformó al mundo hizo tabula rasa sobre las personas. Uno era solo sus acciones desde lo acontecido. El prisionero esperó sin moverse. 

 

—Sacame de acá, pibe. Hace dos días, a la tardecita vi en el horizonte que pasó una luz blanca y después, lejos, bien lejos, vi cuatro cosas negras. Altas, como una montaña. Encorvadas, bamboleándose con el viento. Parecía que caminaban. Las miré mientras se hacía de noche. Después no las vi más. Pero sé que están allá.— Apuntó hacia el este con el mentón.— Estaba buscando la linterna y todo se me cayó encima. A Machuca se le anudó el estómago. Tardó un segundo en reaccionar y levantó el brazo sin flexionar el codo. 

 

—Voy a sacarle los tornillos a esos estantes para que pueda salir, no se preocupe. En la mano tenía un cuchillo que había llevado por las dudas. Se acercó un paso. El prisionero aguardaba. La piel del cuello y el antebrazo contaba que cada músculo de su cuerpo parecía ceñirse a su esqueleto con furia. Sus labios tensos se movían sin parar, sin separarse. Como muecas de gritos contenidas. Una vez los ojos de Machuca se acostumbraron a la penumbra, pudo notar, antes de dar un segundo paso, que el hombre enjaulado intentaba esconder un machete.  Unos metros más allá, divisó un zapato y manchas negras ¿O eran manchas de un rojo oscuro ennegrecido por la penumbra? El cuchillo de almuerzos, de cortar carne tierna y frutas, ahora se sentía diminuto e inútil en su mano. Aquel hombre escondía un machete. Dentro de su pequeño confinamiento no podía blandirlo, pero una vez libre quién sabe qué podría pasar. No alcanzaba a distinguir si aquella mancha era negra o roja. Tampoco quería dejarlo encerrado hasta que muriese de hambre.

 

—¡Dale, pibe! ¡Apurate! El prisionero se impacientaba. En un arrebato, el muchacho levantó su cuchillo agarrándolo tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. Apuñaló dos, tres, cinco bidones. El hombre enjaulado empezó a gritar, a insultar, a golpear con la espalda el techo de su celda. Machuca trastabilló. No soltó el cuchillo. No dijo nada y salió corriendo de ahí. Todavía sin saber de qué color era aquella mancha. Sin saber a quién pertenecía aquel zapato. Sin saber quién había tomado de ese segundo vaso de café. El prisionero descargaba un rosario de malas palabras. El machete sonaba como una campana mal formada contra la estantería de lata. Los bidones se desangraban y perdían peso. Pronto ese hombre alcanzaría la libertad. Pero para entonces, Machuca y su carpincho estarían a una distancia segura de aquel machete. 

 

Cuando la estación de servicio desapareció en el espejo retrovisor, Machuca detuvo el auto. Se sentó en la ruta para dejar que el olor químico a naranja que tenía su ropa se vaya con el viento. Pensó en el prisionero y en lo que había dicho. En las figuras gigantescas. Quiso creer que eran solo los desvaríos de un hombre encerrado con un machete, pero no lo logró.

 

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