Lorenza y el genocida de otro mundo

En un mundo donde las sombras de antiguas civilizaciones se alzaban como monumentos al olvido, Lorenza, la enigmática ciboretza de piel roja, se encontraba en una encrucijada de acero y desolación. Los acantilados de metal, restos de lo que una vez fueron colosos arquitectónicos, se erguían como testigos mudos de una era olvidada. Fue en este escenario donde se desató el combate que definiría el destino de nuestra protagonista.


Con la gracia de una depredadora, Lorenza enfrentó a la bestia, un monstruo que había osado subestimar la ferocidad encerrada en su frondosa silueta cibernética. El enfrentamiento fue brutal, un torbellino de furia y sangre. Colmillos devoradores de carne buscando desgarrar a su presa. Un nudo barbárico entre dos titanes que culminaría con la caída estrepitosa de la bestia hacia el abismo. Un leviatán de siete toneladas derrotado por el ingenio y la determinación de la guerrera carmesí que logró lanzarlo al vacío. Lorenza, aunque victoriosa, no salió indemne. Su cuerpo narraba, en desgarros, la crónica de aquella lucha.


En un acto de supervivencia que rozaba lo milagroso, Lorenza buscó y consumió materia inorgánica. Escombros, trozos de metal sueltos. Piezas de tecnología olvidada que, habiendo el mundo devenido en un escenario primitivo, quedaron obsoletas. Este ritual la sumió en un letargo reparador, del cual emergió renovada un par de días después. Lista para continuar su odisea.



La ciudad planetaria, una selva de acero y secretos, se extendía bajo y sobre ella. El enfrentamiento con la bestia la había llevado a niveles inferiores. Donde ya no se podía ver el cielo. Donde nunca llegaba la luz del sol. Lorenza, con su piel ahora impecable y sus músculos sintéticos pulsando con energía renovada, se propuso escalar hacia la luz, hacia la estrella que guiaba su camino. La ascensión fue un desafío de resistencia y astucia, sorteando las cicatrices de un mundo perdido. Atravesó zonas residenciales, bodegas y hangares. Cámaras de procesamiento de materiales. 

Al tercer día culminó su ascenso.

Finalmente, bajo el cielo abierto, Lorenza encontró su estrella. Esta brillaba en el este como un punto pálido y difuso. Los prodigiosos sentidos de cazadora encontraron sin mucho esfuerzo el rastro de su objetivo. La cacería, interrumpida por su confrontación con la bestia, volvía a ser su foco. Zyra, su presa, un ser de apariencia lábil, pero de naturaleza depredadora, aguardaba.


Se dio el encuentro en una planicie despejada. 


El enfrentamiento final fue una sinfonía de movimiento y estrategia. Su oponente había montado el escenario para este duelo, borrando la línea entre presa y cazadora. Armado con un sable largo, atacó con la velocidad del rayo. Pero Lorenza, la ciboretza, danzaba al borde de la muerte con elegancia viperina. El cuerpo de Zyra no se presentaba como una gran amenaza, a pesar de ello, Lorenza tenía la certeza innata de que aquella criatura translúcida, en otro mundo y en otro tiempo, fue responsable de más de treinta millones de cadáveres. La mayor virtud de su oponente era la velocidad de sus movimientos, mismo que desintegraban la hoja filosa que blandía en una mancha letal y borrosa. Amplios sablazos buscaban con desesperación el cuello de Lorenza. Como mudos testigos de semejante encuentro, dos cuerpos paralizados, escondidos entre la frondosa vegetación que día a día ganaba terreno sobre la otrora imponente ciudad.


Los paños que flotaban ligeros en torno a sus poderosas piernas hacían imposible predecir el siguiente movimiento de la guerrera carmesí. Cada sablazo que Zyra daba al aire incrementaba el miedo de caer bajo las poderosas manos de aquella guerrera. Y entonces, en un momento de claridad en el caos del combate, Lorenza encontró su oportunidad. Se plantó con firmeza y desde la punta de su pie, hasta su mano compacta, cada  músculo de su cuerpo se sumó al golpe que fue a partir el pecho del veloz espadachín. El puño decorado con cadenas y anillos dorados se abrió paso entre huesos y vísceras. El sable cayó. Pero sin tiempo para  disfrutar de su victoria, los ojos rojos de Lorenza atestiguaron lo imposible. La boca de Zyra se abrió como una catacumba que deja salir a un ser espectral. Una frenética criatura tentacular saltó, reptó y trepó ante la mirada incrédula de su fallido verdugo. Pronto se estaba escabullendo dentro de uno de los cuerpos que previamente había dispuesto. Esta nueva víctima gritó y convulsionó de dolor. Abrió los ojos suplicantes y pudo verse en ellos expandirse un líquido oscuro. Lorenza arrojó el cadáver al que había atravesado. El nuevo cuerpo de Zyra era macizo, descomunal. Una construcción barroca de músculos y cayos que superaba por mucho el metro setenta y cuatro de Lorenza. Ella recogió el sable. La nueva marioneta arremetía enloquecida contra la ciboretza. Poco a poco pudo ver a través de la piel los tentáculos de Zyra infectando todo el cuerpo. Se volvía más ágil y veloz a cada segundo. Asestó un sablazo al cuello de la marioneta que casi lo decapitó. Sin embargo, no hubo efecto alguno. Zyra la tomó por el cuello y estrelló la cabeza de Lorenza contra el suelo. Una vez, otra vez. Otra, otra y otra. Perdió un ojo y un zumbido acuchilló ambos costado de su cabeza. El cráter que dejaban los golpes comenzó a recoger la sangre violeta.  


Zyra, ante semejante castigo y al sentir por un segundo como el cuerpo de Lorenza perdía la tensión que le daba su bravura, pensó que estaba lidiando con dos marionetas. Se dispuso a terminar el trabajo. Agarró a Lorenza por la muñeca izquierda y por el tobillo derecho. El enorme cuerpo de Zyra intentaba desgarrar en dos a la ciboretza. Ella decidió que hoy no sería su última jornada. Solo la furia que la invadía era capaz de encorsetar el dolor que infectaba su ser. A través de un velo sanguinolento, al tiempo que sentía su hombro ser dislocado bajo la fuerza inaudita de la nueva marioneta, ella logró ver la silueta de Zyra. Lo vio formando una pequeña mancha blanca en el costado derecho del gigantesco cuerpo que la estaba destrozando. Como un relámpago esgrimió el sable atravesando de lado a lado el cuerpo de aquel títere. Extirpando en ese instante a la criatura tentacular que era Zyra. 


Lorenza y la marioneta se desplomaron. En lo alto de la montaña de músculos y sangre que se formó asomaba el sable, y en la punta Zyra. Movía sus nueve tentáculos intentando escapar. Con las pocas fuerzas que conservaba, la ciboretza ganó su libertad. Sin un ojo, y con un brazo inutilizado, se quedó observando a ese abyecto ser genocida. No podía escuchar los extraños chillidos que profería. Sus oídos eran un fluir constante de sangre. 




Observó como el cuerpo baboso de Zyra se iba resquebrajando al calor del medio día. Poco a poco los tentáculos dejaron de moverse. Ella se mantuvo despierta para verlo. Antes de que todo acabe, un ave en vuelo rasante reclamó al moribundo ser. Se dispuso a devorarlo a unos pocos metros del ojo ensangrentado de Lorenza. Fue entonces que una figura cayó sobre el pájaro. Comenzó a devorarlo mientras huía de aquel escenario de muerte. Era el tercer cuerpo que Zyra preparó para la batalla. Pertenecía a las tribus del este. Iba desnudo, con pintura blanca y amarilla por toda vestimenta. 


Lorenza, inundada de dolor, y acechada por la muerte, buscó algo de alimento antes de entregarse al sueño que le daría una nueva encarnación. Cerró los ojos para que aquella extraña alquimia que la animaba hiciera su trabajo. Se perdió en su noche sintética y dejó de sentir dolor. Soñó con Zyra. Aquel genocida de otro mundo que conocía antes de conocerlo. 

En formato de audio relato

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